No es lo que parece

miércoles, 24 de octubre de 2007

JUGUETES



























La verdad es que tuve que volver a repetir las prácticas porque la primera vez no había carrete en la cámara… Estas generaciones de “la era digital”… En fin. Pero todo lo malo tiene el otro lado de la moneda, y es que ya no se me ocurrirá sacar más fotos sin mirar antes el carrete (eso espero…) y además me sirvió para practicar bastante todo el tema de la luz y la distancia, jugando con el objetivo.

Aproveché un fin de semana que fui a mi casa para encontrar a los protagonistas de mis fotos. El primer lugar seleccionado fue el cuarto de mi hermana pequeña, tiene once años, y aunque cada vez va jugando menos, todavía su cuarto es el de una niña, lleno de muñecas y cacharritos.

Para empezar cogí la bola del mundo, que ya la tenía fichada. Es un elemento que desde pequeña me llamado mucho la atención y me intrigaba todo lo que había más allá de las fronteras de mi país. Quise fotografiarla lo primero, y para que resalte su importancia jugué con la luz y con el efecto del sol que no llega a todas las partes igual.

Un año, los Reyes Magos, “de parte de mi abuelo”, le regalaron la Mariquita Pérez con un armario de madera, que poco ha poco se ha ido llenando de vestiditos y accesorios, como si se tratara de un niño recién nacido. Incluso mi hermana misma le hizo a la muñeca algún vestido. Recreamos una pequeña escena en la que Mariquita estuviera abriendo su armario y mostrando sus modelitos.

Después fui al cuarto de mi hermano, que aunque sea mayor, tiene siempre algo en alguna estantería. Y efectivamente, ahí estaba, presidiendo una estantería un barco de guerra. Aproveché el fondo azul liso de la pared y puse por debajo una camiseta azul, abultándola un poco, para que hiciera el efecto del agua del mar. Centré el enfoque en la bandera roja de la proa.

En su cuarto también me encontré un esqueleto de dinosaurio. Esto me dio la idea de que con él se podía hacer algo más, así que lo saqué afuera y puse una tela blanca por detrás para que por el otro lado se viera su sombra, en plan “Jurasic Park”.

Seguí buscando por mi casa y antes de entrar al garaje, vi una escena que implícitamente indicaba un juego, aunque nadie estuviera jugando en ese momento. Además no tuve que mover nada, sólo buscar el ángulo para sacar ese escenario: la canasta de baloncesto colgada en la pared y en el suelo una pelota.

Luego entré al garaje en busca de una casita de muñecas que estamos construyendo y decorando poco a poco. Pero antes de cogerla hubo algo que me volvió a sugerir una foto: las bicis. Estaban colgadas en la pared con ganchos, pero todavía di una vuelta más, había un espejo apoyado en el suelo donde se reflejaban las bicis de la pared. Esta idea me gusta más… Así que puse una bici delante del espejo para tener tres escenas. Y enfoqué con el objetivo las bicis que se reflejaban en el espejo.

Finalmente llegué a la casa de muñecas y la saqué al jardín. La puse entre algunas plantas y sobre las baldosa de piedra. Después cuando la volví a poner en su sitio, me propuse seguir con la “construcción”, no se cuánto tardaré, pero debo acabarla!

María Castrillo Espino







































































































































































jueves, 18 de octubre de 2007

LA ENCINA DEL PÀRAMO
























El sol del medio día cae sobre la estepa castellana. Es otoño y el campo ofrece al cielo claro, ausente de nubes, sus reservas del amarillo del verano. Sólo se escucha el viento, unos grillos y el motor de un tractor alejado, afanado en su cosecha. En medio del paraje una encina dominante se convierte en el centro de atención. Parece que la tierra y el cielo estuvieran en armonía con ella, la buscan las líneas, el horizonte y los colores.


Mi padre y yo nos acercamos conquistados hacia ella, como pidiéndola permiso con nuestro silencio de admiración. Una gran franja de tierra caliza, seca, dura, ayuda a resaltar la majestuosidad de la encina, que irrumpe con sus verdes oscuros y marrones.


Parece una dama negra. Cuando te pones a contraluz, el sol se esconde detrás de sus robustas ramas y se cuelan algunos rayos blancos que flotan en el aire. La encina divisa el horizonte desde su loma, orgullosa de lo que ve.


El cielo azul vuelve a estar salpicado de verde. Las pequeñas hojas de la encina vieja se han extendido por sus ramas arrugadas. La corteza oscura y áspera del tronco torcido habla por ella misma, no hay nada que decir, pero sí hay mucho que ver y que escuchar.


La encina del páramo también puede observar lo que hay por detrás. Los colores nítidos del día parecen escapar de la satisfecha sombra de la encina, que deja su impronta con fuerza en la tierra blanca. Y así fue como en una mañana Castilla nos mostró algunos de sus secretos. Aún donde todo parece árido, si uno observa, descubrirá que allí también brilla la vida, y además lo hace de una manera especial.


María Castrillo Espino