No es lo que parece

miércoles, 28 de noviembre de 2007

" Reflejos"





























Hay muchas formas de reflejar la realidad. No solo nuestra cara y nuestros ojos muestran lo que no se ve de nuestro interior, ni solo el espejo tiene el monopolio de enseñarnos el rostro que nunca vemos. La naturaleza y todo lo que nos rodean también reflejan cosas. Por eso en esta práctica sobre los reflejos me he centrado en este último aspecto.

El agua. La primera foto es un árbol, más concretamente, un sauce llorón de la charca de Yamaguchi. Es otoño, y el marrón amarillento de sus hojas acentúa más su carácter melancólico. Como esta situado al borde de la charca, se puede observar perfectamente su reflejo en el agua, el tronco y las ramitas están perfectamente dibujados sobre aquella superficie cristalina.

La luz. El sol que se mueve a lo largo del día y cuya intensidad no es igual siempre, dependiendo de las nubes, la lluvia o de la estación del año, es una fuente mágica de reflejos. En la segunda foto se ve un atardecer reflejado en un edificio, indirectamente. Se podría titular: “Atardece en la ciudad”. Un atardecer de campo o de mar se mostraría únicamente mediante el campo o el mar. En cambio, en la ciudad, no tan pura y directa como la naturaleza, la sombra ascendente sobre la fachada de los edificios y el sol dando sus últimos destellos en las ventanas es lo que nos indica el fin del día.

La tercera foto, una vez más, tiene que ver con la luz. El sol al está escondido tras las nubes y éstas descomponen sus rayos reflejándolos en el aire. La luz sale de entre las tinieblas. Parece que la tierra cantara al salir la luz majestuosa.

Y de elementos de la naturaleza pasamos a realidades más cotidianas. El tendedero de la ropa. Al entrar la luz por las ventanas se ilumina el suelo en el que se refleja la “X” de metal. Se crea la simetría sin necesidad de un arquitecto, sin necesidad de utilizar escuadra ni cartabón.

Paseando por la calle observé el interior de una peluquería que tenía una gran cristalera. Me paré a observar. Espejos, más espejos, cristales en las ventanas en los mostradores, en los muebles que guardan los champús… Primero saqué fotos a la peluquera de espaldas, que peinaba a una clienta sentada orgullosa en la butaca, mientras ojeaba una revista. La cara de la señora lectora y de la peluquera afanosa se reflejaba en el espejo. Pero, esta foto no salió muy bien, pues con el cristal y la distancia no se veía demasiado clara la imagen. Así que opte por aprovechar los inconvenientes: hacer un “colage” de reflejos y la escalera de caracol en medio que divide la foto.

La última foto no es muy buena, pero me llamó la atención el reflejo que producían las cortinas de mi cuarto en la pared con el sol de la tarde. Una luz anaranjada y un reflejo que dibuja formas con un cariz romántico. La columna que está mas cerca parece estar empapelada con el reflejo o como si éste estuviera pintado. Luego, más al fondo, ya se pueden notar los pliegues de las cortinas y un cuadro solo con luz, que refleja un trozo de ventana que no está cubierto por aquella tela inspiradora.

RINCONES DE PAMPLONA

Nuestro profesor nos propuso participar en el concurso de fotografía que el Civican organiza todos los años. Todos aceptamos. Debíamos presentar tres fotos como máximo bajo el tema del concurso: “Rincones de Pamplona”. Por lo tanto la práctica de esa semana era fotografiar lugares o detalles de Pamplona que nos pudieran servir para el concurso.

Me subí al piso 18 de Torre Basoco y fotografíe distintas perspectivas de todo lo que se abarcaba desde allí arriba. Pero la verdad es que en las fotos no se apreciaba todo igual de bien a como yo lo veía. Los detalles se perdían por la lejanía. Así que de todas esas fotos que saqué entregué una en que se veía un conjunto un poco aceptable: En primer plano la ciudadela con una casita antigua, detrás la nueva estación de autobuses que han abierto recientemente, luego salían los típicos edificios de una ciudad, y en el último plano, al fondo, se veía el casco viejo, la Catedral, el corazón de Pamplona. El profesor me arregló un poco la foto y la puso un efecto que parecía estar pintada con pincel, por eso el título que le puse fue Acuarela.

Pero a la hora de publicar las fotos en el blog decidí sacar más fotos tras haber aprendido de mi fallo que lo pagué con la foto del concurso. Para la práctica descendí a tierra firme, al nivel 0 y saqué fotos a medida que daba un buen paseo.

Era un día nublado y frío por la tarde. El sol se asomaba por algunos claros entre las nubes. Este tipo de luz hizo que los objetos se realzaran más como se puede ver en las cuatro primeras fotos. En la segunda se ve el perfil de los edificios y las ramas de un árbol que está en primer plano. Lo que más destaca de esta foto es el reflejo de un claro en el encapotado cielo sobre el agua del laguito de Yamaguchi.

En la tercera foto, la armonía de las líneas realza una construcción urbana de hierro sobre el fondo de cielo. En la siguiente foto ya no se juega tanto con los contrastes. Se ven más colores y detalles: el ladrillo del planetario, el amarillo de las hojas, el verde pardo del césped, los reflejos del agua…

Las formas vuelven a ganar protagonismo gracias al contraste con la luz plateada de aquella tarde. Grandes vigas de hormigón con espacios circulares en el centro dejan pasar las imágenes llenas de vida, que contrastan con el gris frío del cemento.

La última foto es el Mercado de Santo Domingo visto desde un lateral. No parece un mercado, o sí. Me refiero a que tal y como está sacada la foto, el edificio granate con los remates de yeso al lado de una solitaria placita con farolas y bancos puede ser cualquier cosa, desde un mercado hasta una fábrica o una escuela. Esto se debe a que lo importante aquí no es el mercado en sí, sino, el “rincón de Pamplona”.
































martes, 27 de noviembre de 2007

LA PRÁCTICA DE LAS 100 FOTOS


En el momento en que el profesor nos dijo que debíamos hacer una práctica de cien fotos, se formó un murmullo en clase que insinuó lo descabellado de la idea, sobre todo por el dinero que nos podíamos gastar en revelado. Pero el asombro se convirtió en sonrisa, no por eso menos sorprendidos, al saber que eran fotos sin carrete. Debíamos de tirar cien fotos en un día. Como dijo nuestro profesor: “Debíamos aprender a ver el mundo a través de la cámara”.

Decidí llevarlo a cabo el domingo de esa semana. Por la mañana, cogí la cámara nada más levantarme. En mi piso no había problema. El cuarto estaba tímidamente iluminado por una luz anaranjada que se filtraba a a través de los agujeros de la persiana. Salí de mi cuarto y me dirigí a la cocina, la escena parecía pedir a gritos el siguiente título: "Una cocina de piso de estudiantes en una mañana de domingo", tan expresiva… así como los gestos de mis compañeras de piso desperezándose y su andar pesado y lento.

Salí a la calle a comprar el pan a una cafetería donde tomé un café mientras leía el periódico. Me apetecía estar tranquila. Me senté en un taburete que daba al ventanal del local, desde el que se veía la calle, paseada por familias, niños, abuelos… La luz clara de un soleado día de otoño entraba descaradamente a la cafetería y me hizo fruncir el ceño. Veía a las personas de la calle de una manera especial, siluetas a contraluz. No escuchaba sus voves tras el cristal, per veía sus sonrisas, sus lentos movimientos... cogí la camara yseguí haciendo fotos.

Al llegar a comer a casa, el mostrador de la cocina ya estaba lleno de ingredientes para cocinar. Trozos de cebolla iban cayendo del ágil cuchillo de Sofía; el vapor que salía de las cazuelas formaba un globo de humo que se escapaba por la campana; el grifo abierto dejaba escapar continuas gotitas de agua alrededor, mientras Bea lavaba unas hojas de lechuga. Unas fotografías llenas de sabores.

Después de comer, la calma. Las fotos podrían transmitirla con solo mostrar alguna cara con los ojos medio cerrados que se hundía sobre el cojín del sillón, la tele murmuraba de fondo.

Tengo que reconocer que durante ese día no saqué cien veces la cámara, pues a veces era demasiado comprometido. En esas ocasiones me limitaba a fotografiar mentalmente cada gesto o encuadre que merecía la pena ser inmortalizado en una sola imagen. Era como si todo despertara a mi alrededor, cada gesto, cada movimiento, la luz, los colores… cada segundo podría requerir una foto. Pero la verdad es que había momentos más especiales que otros, en los que parecía que todo lo que estaba ahí se ordenaba, como si la foto te estuviera esperando y tú sólo tienes que descubrirla. Parecía haber una armonía interna en todas las cosas.

María Castrillo Espino.

jueves, 8 de noviembre de 2007

ILUSTRAR UN ARTÍCULO

























Las manos de la “amatxi”

Texto de Asier Barandiarán


El 10 de junio de 1973 se celebró en Oiartzun (Guipúzcoa) un homenaje a un bertsolari. A este acto fue invitado Xalbador, el pastor de Urepel (Baja Navarra). Cuando le tocó su turno, se acercó con solemnidad al micrófono. Su figura mostraba a un hombre sereno y rebosante de confianza. Don Juan Mari Lekuona fue el encargado de comunicarle el tema sobre el que debía cantar de un modo improvisado: “Xalbador, éste es tu tema, las manos de la abuela, “amatxiren eskuak”. Tras unos segundos de concentración empezó a cantar con una melodía suave y nostálgica:

Aizu, amona, aspaldian zu etorri zinen mundura,
ta zure baitan ibili duzu zonbait-zonbait arrangura;
nik ikustean begi xorrotxez zuk duzun esku zimurra,
laster mundutik joanen zarela etorzen zeraut beldurra.


Escucha abuela,
hace ya mucho tiempo que viniste al mundo,
y en tu interior has pasado muchas preocupaciones.
Al contemplar con mi fina mirada esas queridas manos arrugadas,
me viene un temor de que pronto tendrás que dejar este mundo.


Los oyentes no esperaban esta salida. Mirando a Xalbador podrían asegurar que no es un ejercicio de erudición y rima el de éste buen pastor. En su cara parecía vislumbrarse una añoranza de esa “amatxi”. Xalbador, sin cambiar el gesto grave y profundo de su rostro, canta su segundo bertso:

Beste amatxi asko ikusi izan ditut han-hemenka,
Jainkoa, otoi, ez dadiela gaukoan eni mendeka:
zure eskuak ez bitza, otoi, behin betiko esteka,
semeatxiak hain maite baitu esku horien pereka.


He visto en todo el mundo a otras muchas “amatxis”,
Señor, por favor, que me perdonen hoy lo que digo,
que tus manos, “amatxi” mía, no se agarroten nunca,
pues éste tu nieto tanto ama las caricias de esas manos arrugadas.


Cuando los oyentes todavía no se habían repuesto de la emoción, Xalbador lanzó al aire su tercer bertso:

Ene amatxik mundu guzian ba ote zuen berdinik?
Dudatzen nago hardu dukeen nehoiz atseginik;
orai eskuak ximurtu zaizko zainak hor dazura urdinik,
eta ez dago arritzekoa horrenbeste lan eginik.


Mi “amatxi” en todo el mundo ¿acaso tendría una igual?
estoy dudando de que alguna vez hubiese tomado un descanso,
ahora se le han envejecido las manos,
y sus venas azules las tiene ahí a la vista,
no es de extrañar... ¡tanta labor han hecho!


Xalbador con esa mirada suya perdida en el horizonte está viendo a su abuela trabajando, hilando la lana, cuidando la olla en el fuego, meciendo la cuna de su nieto, desgranando las mazorcas de maíz o las cuentas del rosario. Una abuela, con unas manos arrugadas, que fue la memoria de esa comunidad familiar.



Mercado de Santo Domingo








































Para no alterar el transcurso natural que siguen todos los sucesos de mi vida, fui al mercado de Santo Domingo dispuesta a sacar fotografías a los puestos y cuál fue mi sorpresa al descubrir que ¡estaban cerrados!

El mercado de Santo Domingo está a la derecha del ayuntamiento de Pamplona, bajando unas escalinatas. Me gustó ir al centro de la ciudad una mañana entre semana (cuando está abierto el mercado), pues no acostumbro visitarlo en esos momentos del día. Era un día soleado de otoño y había mucha gente por la calle haciendo recados, con el pan bajo el brazo, o aparcando la bicicleta para entrar en alguna tienda. Me encamine, por segunda vez hacia el lado derecho del ayuntamiento.

“A la segunda va la vencida” y efectivamente, esta vez las luces de dentro del mercado estaban encendidas y había un gran movimiento de gente entrando y saliendo por las puertas principales. La verdad es que me daba bastante vergüenza fotografiar a los tenderos y sacar la cámara de fotos, que no es precisamente discreta…. Resoplé antes de entrar y con paso decidido me adentré en aquel mundo y me dije: “María, lo llevas mal si quieres ser periodista, así que… venga”. Me acordé de los consejos que nos había dado el profesor en clase: hablar, sacarles una sonrisa y por último, la cámara”, así que dejé la cámara dentro del bolso. Pensé que también sería buena idea comprar algo en los puestos que iba a fotografiar, la verdad es que me tocaba hacer la compra y así podía aprovechar para llevarme algunas cosillas.

Primero me dirigí al puesto de los quesos. Una señora sonriente, pero tímida esperaba apaciblemente la llegada de algún cliente. Nada más verme cambió de actitud y se acercó amablemente. Le pedí un queso y estuvimos hablando un rato, ella me dio a probar un trocito para ver si me gustaba el que me iba a llevar, ¡estaba buenísimo! Entonces le conté que estaba haciendo unas fotos al mercado y si le importaría que le sacara algunas, ella aceptó pues “ya se había acostumbrado”, me dijo.

Después fui al puesto de confitería, que estaba junto al de gominotas. El señor de las pastas tenía una mirada muy dulce, pero a pesar de comprarle unas cuantas ensaimadas, me rogó que no le sacara en ninguna foto, sólo repetía: “Yo te miro cuánto quieras, menos cuando saques la cámara”. Al final nos acabamos riendo. Fue donde mejor me lo pasé. Había un chico joven hablando con él y enseguida me vi involucrada en una conversación con ellos y con Mari, la mujer de las chucherías, que se dejó hacer fotos fácilmente. Al final, me metí en su puesto y el chico joven nos sacó una foto, mientras el señor de los pasteles comentaba la jugada entre risas.

El tercer puesto que visité fue la carnicería del carnicero ya famoso en las prácticas de mis compañeros de clase. No me fijé en él, la verdad, pero cuando pasé por allí observando la carne, él se mostró atento saludándome y preguntándome que si quería algo. Entonces entendí por qué este hombre aparecía en las fotos de todos. Le pedí unas pechugas de pollo y mientras las cortaba íbamos hablando y yo le iba sacando alguna foto. Me hizo gracia cómo posaba para la cámara sin que yo le avisara, parecía que le gustaba.

Luego bajé al piso donde había muchos puestos más. Me acerqué a uno de verduras y fruta, atendido por dos mujeres. Al principio no les gustó mucho la idea de fotografiarlas, porque ya habían venido otras veces hasta cámaras de televisión y no les gustaba. Al final me quedé allí esperando mi turno para ser atendida y entonces se pusieron más atentas y terminaron por decirme que fotografiase lo que quisiera. Se mostraron muy cariñosas.

Antes de irme, me fijé que había una especie de clases de cocina con cocina incluida. Era como uno de esos programas de televisión de por las mañanas en que un cocinero vestido como tal, explica al público cómo hacer un exquisito plato, mientras lo va cocinando él mismo. La cocina en vivo del mercado la presidían un hombre y una mujer que hablaba por el micrófono respondiendo las preguntas de una señora de su público.

Salí por una puerta distinta a la que había entrado. Miré para atrás y saqué una última foto. Estaba satisfecha. Además de comida, me volvía a casa con una buena experiencia.







María Castrillo Espino.